miércoles, 19 de mayo de 2010

¡Me has borrado!



Queens of the Stone Age. Quick and the Pointless


Recibo el correo de un amigo, después de no contestar a algunas de sus llamadas. En él, incluye la frase “¡Me has borrado!”. Yo, que atravieso por una de mis ya habituales épocas de autoaislamiento, me quedo pensando en esta manera de expresar mi desaparición de la vida. La imaginación da un respingo y me dibuja, con una gran goma de borrar, de esas de nata que me comía de niña, a escondidas. Ahí estoy yo, armada de un borrador gigante que a duras penas soy capaz de levantar para ir borrándole, desde su pelo cano hasta el último resto de su ser, que se me resiste. Termino agotada y me apoyo en esa goma descomunal que parece una columna marmórea de pacotilla.

Es curioso como ciertos hábitos que no llevan demasiado en nuestras vidas han cambiado nuestra forma de expresarnos y de analizar determinadas situaciones. Las redes sociales han hecho que sea más sencillo interesarnos por el que está al otro lado del mundo que por el que tenemos cerca en lo cotidiano. Ha hecho de nosotros unos espías aficionados de lo ajeno, malos interpretadores de entrelíneas previsibles y exhibicionistas para un público, que en la mayor parte de los casos presta poco interés a nuestros afanes. En fin, que ahora ya no nos tomamos un tiempo por circunstancias personales, ahora nos borramos o hacemos lo propio con los ya no-amigos, como si fueran un tachón antiestético en nuestra vida.

Mientras pienso esto, la imaginación sigue a la suya y me muestra un montón de gente por las calles, cargados con borradores aquejados de gigantismo, persiguiendo a aquellos de los que quieren deshacerse porque ya no tienen nada que decirles. Todos huyen, todos persiguen, y en el centro de la estampa estoy yo, con armadura indeleble, cabalgando sobre un sacapuntas, lapicero en ristre dibujándole nuevos amigos a cuanto transeúnte me cruzo en mi camino.

martes, 18 de mayo de 2010

Esperanzas



Tulsa. Te Ofrecí. Espera la Pálida

Las esperanzas, como las chinchetas, necesitan de un corcho en el que clavarse


sábado, 15 de mayo de 2010

Mayo



Mayo Longo. Rosalía de Castro (1837 - 1885)

Mayo longo, mayo longo,
Todo cuberto de rosas,
Para algúns telas de morte,
Para outros telas de bodas.

Mayo longo, mayo longo,
fúches curto para min,
Veu contigo a miña dicha,
Volveu contigo a fuxir

jueves, 13 de mayo de 2010

Campeones


Me encantaría alegrarme con vosotros y salir a la calle a chillar, a saltar y a festejar, pero no puedo. Me gustaría fundirme en un abrazo con cuanto desconocido me cruce por las aceras que identifique como seguidor, pero no puedo. Sería feliz si pudiera perderme en la noche, en cualquier local lleno de humo y mala música en el que corra la cerveza generosamente, gritando las consignas de nuestro equipo, pero no puedo. Sé que es una faena, y lo siento, pero es que ayer me atravesaron con un alfiler y me colocaron en esta urna, desde la que apenas puedo escuchar vuestros cánticos, mientras voy asfixiándome con el alcanfor.


viernes, 7 de mayo de 2010

Laura



Laura. Otto Preminger. 1944

Ayer tuve la suerte de volver a ver Laura en pantalla grande. Toda una experiencia, pese a los nuevos elementos que pueblan la filmoteca, de esos que no se callan aunque la película haya empezado y se ríen a destiempo (para más información, suelen llevar unas gafas con pronunciado reborde de color tirando a negro).

Aunque en ocasiones las copias que tiene la Filmoteca Española no sean las mejor conservadas, esta era más que aceptable y la versión original permitía disfrutar de los personajes tal cual, sobre todo Waldo interpretado por Clifton Webb, el cínico protector de Laura, que es el que peor parado sale en el proceso de doblaje.

Para mí esta película es una de las mejores del cine negro, algo más luminosa que otras debido a su trama, pero que contiene todos los elementos que hacen de ella una obra maestra. El gancho principal y lo que perdura en un primer visionado es el protagonismo de Laura (Gene Tierney) que se presenta desde el primer momento como la víctima de un asesinato y que ejerce su magnetismo de forma constante. Esta atracción trasciende incluso su muerte, afectando al detective encargado del caso (Dan Andrews), que descubre una increíble atracción por ella con tintes necrófilos. El clímax de esta atmósfera casi obsesiva se alcanza cuando aparece Laura, junto a su retrato, como un espectro, pero viva; entonces toda la historia da un giro.

Más allá de un guión lleno de diálogos irrepetibles y de una puesta en escena impecable, hay elementos que son magistrales. Uno de ellos es el cambio de registro narrativo con el que se introduce la historia y que directamente nos atrapa: esperas una historia contada en primera persona por uno de los personajes, Waldo, y pronto el relator pasa a estar fuera de escena, tras la cámara. Eso sí, el director utiliza la capacidad narrativa de ese personaje para hacer el único flashback que nos permite conocer a Laura y la fascinación que ejerce en todos los que la rodean.

Otro elemento es la profundidad de los personajes que configuran las historia: cada uno de ellos se esconde tras estereotipos reconocibles, sin embargo ninguno es simple y están perfectamente interpretados. Destaca Clifton Webb, cuyo cinismo proporciona los mejores diálogos y momentos irrepetibles. Incluso Vincent Price, lejos de su encasillamiento posterior, está impecable en el inmaduro e inconsecuente gigoló incapaz de dejar sus hábitos mujeriegos pero sinceramente enamorado de Laura. Para ilustrar esta profundidad me quedo con la conversación que Laura tiene con su tía en la habitación de la primera, cuando festejan su reaparición.

Y esas escenas maravillosas, ya clásicos del género, como las que suceden bajo la lluvia, evocadoras de otros grandes momentos del cine negro, en los que un investigador enfundado en una gabardina es literalmente empapado por una lluvia persistente, en plan Philip Marlowe en El Sueño Eterno (película que se rodó dos años después de Laura, hay que recordar).

En fin, ayer fue una gran noche, volviendo a ver Laura. Pero ayer, le encontré un pero, después de haberla visto muchas veces: su happy end. Sí. Aunque no me hagáis caso, quizá sea mi predisposición, que me hace pensar en otros finales tipo Perdición.


miércoles, 5 de mayo de 2010

Daños colaterales


(La ejecución de Lady Jane Grey. Paul Delaroche)

Caminaba hacia el cadalso, rapada, descalza y semidesnuda. El verdugo esperaba encorvado apoyado en su labrys recién afilada, oculta la vergüenza bajo basto paño. Ella se inclinó como en un sueño, sobre el olor a sangre seca, la barbilla apuntando al suelo. Golpe seco y la cabeza se separó del tronco, cayendo en un cesto que impedía la escrupulosa mirada ajena. El verdugo, con tranquilidad, puso el hacha en su mano inerte. Y los asistentes a la ejecución lloraron la desdicha del verdugo, pobre víctima de la acusada.


martes, 4 de mayo de 2010

Un encuentro


Sin duda, ayer era el día. La casa se había llenado de luz desde una hora temprana y todo estaba cubierto de una pátina de especial evidencia. Me movía en los quehaceres cotidianos como en un sueño, absorta entre la parte práctica de la vida y este nuevo pensamiento que me ocupa de manera sutil, como un sonido apenas perceptible. Fuera se adivinaba un día radiante, lleno de paseos por dar y lugares por los que perderse. Un regalo de día. Me senté frente al portátil y creé, a mi modo. El sonido irreverente del teléfono me sacó de mi ensimismamiento y al descolgarlo una voz alegre me permitió viajar a algún lugar oculto dentro de mí donde hacía mucho tiempo que no pisaba. Estaba desconcertada y tú, creo, algo molesto porque no había sido capaz de salir de ese rinconcito en el que me había acurrucado al escuchar tu voz.

Pasé el resto del día pensando en ese pequeño viaje astral, en tu proposición de vernos dándonos ventaja el uno al otro, en mi vértigo, en tu cercanía a mi pensamiento constante y consciente. Cuando la luz dio paso a la noche, me preparé con una especial lentitud, sintiendo cada gesto como parte de un ritual, estaba invitada a cenar fuera, entre amigos; después de un tiempo fuera de casa las reuniones para retomar contacto y contarnos vivencias se convierten en algo habitual. Alegría, acompañada de buena comida y mejor vino y el placer de una conversación pausada, sin prisa, llena de la tranquilidad que te proporciona la confianza. En un momento de la charla, de manera inconsciente, casi sin quererlo, derivé el tema a lo que me estaba sucediendo y compartí lo que estos días vivimos. No hubo sorpresas, nadie se escandalizó, emitieron opiniones favorables y me sentí sintiendo vértigo frente a un vaso de agua.

Hoy el día ha amanecido frío y gris, parisino. El invierno nos ha arrebatado la oportunidad de paseos por cada instante del otro. Pero sé que la luz, la calidez del sol, nos acariciará la piel, que nuestros ojos, sin duda, un día se encontrarán, bajo ese instante infinito que va desde una mirada a un parpadeo.



lunes, 3 de mayo de 2010

Nanosegundo




¡Busquemos la esperanza en el infortunio, impasibles al desaliento!


domingo, 15 de marzo de 2009

Cartografía de tu cuerpo

Escribo la palabra cuerpo en Google y me da cincuenta y seis millones setecientos mil resultados en cero coma catorce segundos. Nadie podría haber hallado mayor número de cuerpos en menos tiempo. ¡Vaya con la eficiencia tecnológica! Sí, impresionante, pero de tu cuerpo nada de nada y ese, justamente ese, es el que busco y no da señales de vida entre esos cincuenta y seis millones setecientos mil resultados que la pantalla me muestra.

Me aparto del ordenador, éste no va a ayudarme en mi búsqueda. Tengo la determinación de hallarlo, se encuentre donde se encuentre. No lo dudo un segundo y me equipo hasta las cejas para realizar una expedición a mi memoria. Con tal aventura pretendo completar la cartografía más exhaustiva de la materia que te forma, realizar el viaje alrededor de la geografía de tus formas, determinar la geología del orógeno de tu piel.

Sé que el viaje no será fácil, que habré de sufrir las ventiscas de tú olvido, desniveles infernales a tu ausencia, falta de referencia por el cambio magnético de tu antipresencia. Pero la certeza de lograr el mapa más detallado de tu cuerpo empequeñece cualquier adversidad. He cargado en mi mochila brújula, teodolito, bocetos realizados en las veladas de la vigilia de tu deseo que puedan servirme de guía y un lacónico papel en blanco donde iré trazando torpemente la forma que te identifica.

Quizá no vuelva de tal aventura, pero sé que si llego a mi destino, volveré a ser la sirena diminuta que nada ajena al mundo en el proceloso mar de tu ombligo.


domingo, 1 de marzo de 2009

¡Escribe!


El papel en blanco me mira, con desidia, con tedio. Mi temor se asoma a él azuzado por la falta de confianza y tiemblan mis manos al sujetar la pluma. Estoy a punto de realizar el primer trazo y la blancura de la superficie grita, con un alarido que desgarra la noche. Alejo de nuevo la mano y la zozobra se apodera del espacio que hay entre el papel y yo. Desde atrás, desde el pasado, una voz familiar me susurra: escribe, simplemente sé tú y escribe. Y entonces lo veo claro: a lo que temo no es a la mediocridad de lo que escribo, no. A lo que realmente temo es a ser capaz de salir de la quincalla de presuposiciones, prejuicios y pretensiones, abandonar la almadraba a la que nadé huyendo de mi libertad. Tengo miedo de encontrarme conmigo frente a frente, reconocerme en mis ojos. Enrosco cuidadosamente el cierre de la pluma, la dejo sobre la lacónica superficie del papel en blanco, apago la luz y me voy frente al televisor, resguardándome en el movimiento de las sombras que proyecta sobre la pared y un no pensar me permite evitar llegar a saber quien soy.