domingo, 29 de agosto de 2010

Conquistador



















El tonto del pueblo gritaba poemas de amor a inventadas damas que se imaginaba en los balcones de algunas casas.


jueves, 19 de agosto de 2010

De mal en peor



Quisiera quererte, pero no puedo.

Desde donde estoy, sólo veo un techo inmaculado lleno de luces hirientes que me hacen tener los ojos cerrados casi todo el tiempo. No puedo moverme. Hay algo que atenaza muñecas, tobillos y cuello a la superficie en la que estoy tumbada, algo frío de tacto metálico. Siento un dolor casi imperceptible en el tramo medio del brazo derecho. Es un ligero aguijón que inocula alguna sustancia ajena a mi cuerpo, puedo oírlo. El dolor de las muñecas ha desparecido, aunque ahora me pica, me pica mucho. No importa.

Sueño. Sueño constantemente. Primero que no hay nada que no esté cubierto de rojo, bajo el agua. Luego todo es ruido, agudo, ondulado. Me llenan. Después frío y blanco, blanco incisivo en cualquier dirección.

Tras la voluntad de no sentir, me pinchan y me introducen el sentimiento. No sé que es peor, si el vivir en desamor o el no vivir en esta cama de hospital, en la sección de los suicidas recurrentes sin poder intentarlo de nuevo.


miércoles, 18 de agosto de 2010

La vida no es un bolero




En la sobremesa, la radio lo ocupaba todo. Mamá faenaba en la cocina entre comerciales y radionovelas en las que una chica muy pobre y muy buena pasaba muchas penurias pero, al final, se casaba con un chico muy guapo y muy rico. En los días de verano, era el momento de la siesta, oportunidad que yo aprovechaba para escaparme por la terraza a buscar tesoros en las aceras y a cazar arañas que luego disecábamos en un tarro de mermelada llena de alcohol de quemar. Cuando volvía a casa, mi madre se enfadaba mucho conmigo, mientras la Señora Francis recomendaba resignación a alguna pobre mujer maltratada por su marido. Después, al atardecer, tras habernos dado la merienda, ella se sentaba a coser, a remendar, a repasar nuestra ropa, estirando su uso temporada tras temporada. La radio seguía sonando. Entonces los boleros lo llenaban todo, con su atmósfera intensa y trágica; ella tarareaba en bajito, mientras enhebraba la aguja.

Mi madre cambió el mundo a su manera. Me enseñó que el matrimonio no es un objetivo, que si lo deseaba, fuera rica yo y que los chicos guapos llegarían luego. Y que la vida nunca es un bolero. Que la tragedia no nos lleva más que un sufrimiento gratuito. Que hay que ser feliz, viviendo cada día como si fuera único, pero siempre mirando adelante y luchando por lo realmente necesario para mirar de frente a la felicidad.


sábado, 14 de agosto de 2010

Nuestro secreto



Quisiera imponerme la disciplina de amarte en silencio, pero no puedo. Tengo que gritar mi amor a cada tercer paso que doy, y así, claro, todos se enteran de nuestro secreto. Y es que la risa de la felicidad se me escapa entre las comisuras de los labios, que se estiran y se tensan hacia arriba, hasta que por fin estallo en una carcajada y grito que te quiero. Y como esto sucede en cualquier momento y lugar, es frecuente que desconocidos a mi alrededor se me queden mirando con asombro, aunque a algunos se les contagia la risa y me acompañan en la felicidad de reír abiertamente. Incluso los hay que me preguntan por ti, pues quieren saber cómo es quien me provoca esas locuras. Como yo les contesto que mi amor es un secreto, entonces reímos todos aún más.

jueves, 5 de agosto de 2010

Honestidad con uno mismo




Los sucesos temporales no tienen poder alguno sobre ti mientras tú te niegues a participar en ellos; la locura del tiempo no es una necesidad fatal en tanto mantengas tu lucidez. Y hasta la peor de tus vivencias, las humillaciones aparentes, los reveses del destino, sólo los sientes en la medida en que eres débil frente a ellos, pues ¿quién sino tú les confiere valor y peso, les transmite placer y dolor? Nada puede exaltar y humillar tu "yo" sino tú mismo. Aun la presión más fuerte del exterior cede con facilidad frente a quien internamente se mantiene firme y libre. Siempre, y en especial cuando el individuo en particular se siente acosado en su paz espiritual y en su libertad, la palabra y el sabio consejo de Montaigne representan una bendición, pues en tiempos de confusión y de partidismos nada nos protege mejor que la rectitud y la humanidad.

Siempre y en cada ocasión cuanto él dijo hace siglos continúa siendo válido y verdadero para quienes luchan por su propio ser y la propia independencia. Pero a nadie debemos estar más agradecidos que a quienes, en época tan inhumana como la nuestra, refuerzan lo que hay de humano en nosotros; a quienes nos exhortan a no malbaratar lo singular e inalienable que poseemos: nuestro "yo" más íntimo. Pues sólo quien se mantiene libre frente a todo y contra todos aumenta y preserva la libertad del mundo.

El legado de Europa. Stefan Zweig
Capítulo dedicado a Michel de Montaigne
(escrito en Brasil entre 1941 y 1942)

jueves, 1 de julio de 2010

Pagado, barrido, olvidado





Non! Rien de rien ... // No, nada de nada,
Non! Je ne regrette rien // No, no lamento nada
Ni le bien qu'on m'a fait // Ni el bien que me han hecho,
Ni le mal, tout ça m'est bien égal! // ni el mal. ¡Todo me da igual!

Non! Rien de rien ... // No, nada de nada
Non! Je ne regrette rien // No, no lamento nada
C'est payé, balayé, oublié // Eso está pagado, barrido, olvidado.
Je me fous du passé! // ¡Me importa un bledo el pasado!

Avec mes souvenirs // Con mis recuerdos
J'ai allumé le feu // hice una fogata
Mes chagrins, mes plaisirs // mis tristezas, mis placeres,
Je n'ai plus besoin d'eux! // ya no los necesito.

Balayés les amours // Barridos los amores
Avec leurs trémolos. // y todos sus temores.
Balayés pour toujours // Barridos por siempre
Je repars à zéro … // comienzo de cero.

Non! Rien de rien ... // No, nada de nada,
Non! Je ne regrette rien // No, no lamento nada
Ni le bien, qu'on m'a fait // Ni el bien que me han hecho,
Ni le mal, tout ça m'est bien égal! // ni el mal. ¡Todo me da igual!

Non! Rien de rien ... // No, nada de nada,
Non! Je ne regrette rien // No, no lamento nada.
Car ma vie, car mes joies // Porque mi vida, mis alegrías
Aujourd'hui, ça commence avec toi! // Hoy, ¡todo eso comienza contigo!

viernes, 18 de junio de 2010

Todos le llamaban Gigi



Anoche volví a soñar con él. Todos le llamaban Gigi. No podía haber otro nombre más ridículo, menos acorde con su aspecto. Había una formal y distante acogida en los que allí estaban, todos conocidos, todos amados en el pasado. Parecían el hueco de lo que fueron, aunque fueran tan exactos, ya no eran. Soñé con él y dolía como si fuera real, dolía el pasado como si no lo fuera.

La hora del té en un submarino nuclear



Colecciono estupideces, como quien guarda un tesoro. Las cosas inútiles tienen en mí un especial magnetismo que condiciona toda mi vida. Y, no sólo eso, colecciono momentos y lugares donde las cosas útiles pueden convertirse en algo ridículamente inútil: un paraguas en un cuarto oscuro, la hora del té en un submarino nuclear, el recreo escolar de un cementerio.

Por eso, cuando te conocí supe que estaba ante la posibilidad de una pieza única. Todo apuntaba a ello y yo, emocionada, temblaba. Tras días de aviso, apareciste en aquella estación. Tú habías atravesado un continente procedente de otro. Yo desconocía el día de la semana en el que estaba. Del coche que conducías se bajó alguien con un cansancio por la vida que lo impregnaba todo. Al llegar a casa, uniste la estupidez en espacio y tiempo; todo lo que hasta entonces eran piezas únicas pasaron a tener sentido y perdieron su encanto. Y en el otro lado de la cama, te apoderaste de la inutilidad de mi existencia.

martes, 15 de junio de 2010

Miss Carrusel


Ayer dormí con Miss Carrusel. Su miel envenenada aún endulza mi sangre y sus besos de adormidera flotan en mi cerebro, inerte. Ayer me envolvió en sus brazos y me juró amor eterno mientras me clavaba su alfiler de pelo entre la segunda y la tercera vértebra.

martes, 1 de junio de 2010

Hoy he visto a Bernarda Alba


Esta mañana, en la acera soleada en la que vivo, me he cruzado con Bernarda Alba. De luto riguroso, le arrastraba la saya de la decencia y se cubría del calor de un verano que comienza. La sorpresa ha sido completa viéndola descruzar sus manos morenas y apartarse el pelo de una cara surcada por las arrugas del mundo:

- ¿Dónde vas, Bernarda?
- A buscar todo el viento de la calle que durante ocho años desterré de mi casa
- ¿Y tus hijas?
- Todas muertas ...

Mira al suelo, hiriente de luz, contaminante de su luto, y esconde de nuevo sus manos bajo el pañuelo que la cubre, con vergüenza.

En el otro lado de la calle, dos adolescentes que aún no han tenido oportunidad de vivir, se ocultan de arriba a abajo sin dejar ver más que sus manos y su rostro, aún infantil. Un velo que dice apartarlas de su impureza las marca, las excluye, lejos de identificarlas en cultura alguna.

Bernarda, que también ha reparado en ellas, se remanga pudorosa la saya y da media vuelta.

- Me vuelvo a casa, no vaya a ser que se me cuele una brizna de aire.