Nos presentamos en mitad del instante sin manual de instrucciones. Leímos la letra diminuta con labios de sueño imbesable. Fundidos en piel y sal, preparamos una ensalada de brotes psicóticos que alienó nuestros días y nos llevó hasta la extenuación, en mitad del gozo, como dos místicos de los pliegues del otro. ¡Vuélame los sueños, anda, que te tengo fe!
martes, 25 de enero de 2011
sábado, 22 de enero de 2011
Hiperactividad improductiva

El grillo se había convertido en un monstruo inmenso que me perseguía por aquel pasillo de infancia, largo, oscuro y estrecho. Un grillo surgido de la metamorfosis del sueño, negro en la oscuridad, negro sobre negro. Su sonido no correspondía a su gran tamaño, sino al de un grillo al uso, escala natural. El ruido era profundamente desagradable, algo que evocaba en mí un asco ancestral, atávico; sin embargo, familiar. No era capaz de huir, no del monstruo sino del sonido que producía, ni tapándome los oídos con toda la presión que la fuerza me permitía. Al final del pasillo, me tiré al suelo y me acurruqué sobre mi misma, dejando que aquel sonido-monstruo me alcanzara.
Cuando todo era negro, una mínima consciencia me permitió distinguir aquel sonido: el despertador llevaba cinco minutos sonando cuando, por fin, fui capaz de salir de la postura fetal en la que me encontraba, alargar el brazo y silenciarlo definitivamente. Encendí la lamparilla y me hizo ver la evidencia de la hora: las seis y seis minutos de la madrugada. Había quedado con él a las seis en punto; dada nuestra diferencia horaria para él serían las doce de la noche.
Llevábamos unos días hablando virtualmente, después de cruzarnos en un chat de manera casual. Él estaba fuera del país por motivos de trabajo y sentía la soledad del expatriado. Yo era una recién separada varada en mis días como un delfín desorientado. A los dos nos daba un poco de vergüenza esto de establecer contactos cibernéticos, pero nuestras conversaciones eran muy amenas y se nos pasaba el tiempo muy rápido cuando estábamos juntos.
Apagué la luz, me dolía demasiado su violencia y la oscuridad me parecía confortable; me enfundé un polar y fui al despacho, levanté la tapa del ordenador y evité mirar directamente a la pantalla mientras introducía la contraseña de arranque. Supuse que él estaría ya esperando y sentí algo de impaciencia. Pinché en la pestaña en la que ponía su nombre y la dejé delante de todas las demás, como un capitán frente a su regimiento. Esperé, quería dar un margen lógico a la espera, el logotipo gris me indicaba su ausencia. No esperaba nadie al otro lado del espejo.
Dudaba entre levantarme a haceme un café, tomarme una infusión caliente, acurrucarme sobre la mesa o desayunar. Miré el correo, no se había movido ni un ápice desde mi última consulta, horas antes. Miré facebook, nadie había añadido nada después de que yo colgará la escena de la boda de Underground. Nada. Quietud. Me puse a escribir, pero se me cerraban los ojos. Así que decidí relajar los párpados y esperar; los cabezazos me despertaban y un par de espasmos hicieron que fuera consciente del tiempo. El frío empezaba a hacerse evidente en mis pies, en mis piernas. Seis y media y sin movimiento.
Entonces lo sentí con nitidez, se me coló por el lagrimal, de manera sutil e imperceptible, pasó por mi nariz, me produjo un cosquilleo; luego, acarició mis labios, congelándolos y corrió, rauda y veloz pecho abajo. La desesperanza se me prendió de la vigésimo tercera cavidad cardial y se montó un apartamento con derecho a cocina, cubriéndome la piel de una finísima capa de hielo. Las siete y media y todo gris.
Volví a la cama. Las sábanas eran una estepa inmensa en la que yo, diminuta, no encontraba abrigo alguno. Me acurruqué sobre mi misma, cerré los ojos, me costó, tenía cristales en los párpados y cedí todo mi ser al paso del dolor, sin oponer resistencia alguna, como tantas veces había hecho antes, como tantas noches.
Y desde esa profunda soledad, el reloj indiscreto daba las diez de la mañana cuando conseguí volver a perderme en aquel pasillo infantil, luchando con mis pesadillas.
viernes, 21 de enero de 2011
Sala de fumadores

Ojalá fuera el miedo al amor el único que nos llevara a dejar de fumar y no las leyes represivas, porque, díganme ¿qué hago yo con esta sala de fumadores después de la ley antitabaco?
miércoles, 19 de enero de 2011
La tejedora de espuma
¡Boa sorte! Le grita al pasar Uxía, con la mano levantada, mientras abre la casa del mar para los primeros cafés. Enfila la boca del pequeño puerto, dejando la luz verde a la izquierda y la roja a su derecha. Su mano toma firme el timón, no hay dificultad en la maniobra pero el viento comienza a hacerse notar al dejar el abrigo de los malecones. No tiene intención de gran cosa, hace unos días que caló unas nasas y, con la Navidad cerca, no quiere que se le malogre la posibilidad de cobrar unas perras. Ha dejado a Santina en la cama y quiere volver para su rutina diaria de aseo, desayuno y movimiento de articulaciones. Ya no recuerda su calor.
La claridad cae sobre la noche, sin pausa. Parece que el mar se anima, como una gran ciudad cuando se despereza, al sentir la cercanía del día. El viento rachea y la pequeña barca acusa su fuerza. La firmeza de su mano aumenta y juega con maestría el juego de la supervivencia. Sabe leer sobre la superficie del agua, sea cual sea la circunstancia. Y en ese tramo de costa, conoce mejor la localización de los bajos y de cada una de las rocas que el cuerpo de la mujer que amó desde siempre. Eso le dio de comer toda la vida.
El día se adivina gris, pero hay una extraña pátina blanca en la luz. Va llegando al lugar donde caló las artes, baja el ritmo del motor. Tiene especial cuidado con la agitación del viento, las paredes rocosas están a escasos metros. Entonces palidece. Junto a las rocas, hay una mujer de piel gaseosa, completamente vestida de blanco, sentada sobre un saliente invisible. Las olas no inmutan su gesto, parece transparente a la tempestad que entra inexorable. En el regazo recoge la espuma que los bajos le regalan al mar y de la rueca que sale de su cintura hila el hilo que va enredando en un huso de coral.
Después del primer sobresalto, se aparta de un manotazo el espanto. Ella tiene una cara extrañamente familiar. Hay en sus gestos algo que llena la escena de armonía y aleja el rugir feroz del agua contra las rocas. Sus manos ágiles tejen y tejen, imparables y convierten la espuma en un hilo brillante, finísimo. El hilo se enrolla en el huso y de él surgen caracolas que se precipitan rápidamente a las olas rompientes. No sólo son caracolas, hay todo tipo de diminutas criaturas marinas. Contempla absorto la escena mientras el viento arrecia y la tempestad entra fiera en la costa.
Él ha dejado al pairo la barca y, sin control, se acerca a las rocas. Ella escucha su presencia y levanta los ojos. Le mira, de pie en la barca, sin apenas poder mantener el equilibrio, hipnotizado por la escena. Ella le sonríe y la patina blanquecina se convierte en una luz cegadora, en mitad de la tempestad. Le mira con sus extraños ojos grises y él deja de sentir la barca cimbrear violentamente bajo sus pies, deja de sentir el viento, la intensa lluvia. Deja de sentir.
Un fuerte golpe de viento destroza la barca contra las rocas y ella se sumerge en dirección a él. No hay límite entre su piel y la espuma en la que se ha convertido el mar en su locura. Lo último que siente antes de perder el conocimiento son sus blancos brazos abrazándole con fuerza, luchando contra las olas. Fundido en negro.
Un sediento sabor a sal en la boca le hace despertar. Santina le mira desde arriba, inexpresiva. Abre los ojos a esta otra realidad, y con lágrimas, con lagrimas de mar le dice: he visto a nuestra hija en las rocas. Es la que teje y teje sin descanso la espuma que los bajos le regalan al mar.
martes, 18 de enero de 2011
Henry Lee en Berlín
Noche en Berlín. Frío y calles estrechas de tugurios llenos de humo. Soledad que empuja a bajar las escaleras oscuras. Al fondo, una luz rojiza deja intuir una pequeña barra, solitaria. Es la única luz que hay. Hasta llegar, voy chocando con cuerpos cálidos que se dispersan anárquicamente por todo el local. Un taburete me invita a sentarme y pido una cerveza. Descubro que no estoy sola. Con la espalda apoyada en la pared me mira, sin recato, mientras da un largo trago. Me desentiendo, tímida. Pero sé que él sigue mirando. Hacia lo que parece un escenario, se dirige un potente foco de luz, oscureciendo aún más el resto. Tras unas cortinas rojas, aparecen Nick Cave y Pj Harvey y un piano empieza a sonar. Miro hipnotizada la escena. Los ojos del desconocido han desplazado su posición hasta situarse a unos centímetros y siento su susurro en mi oído, que sigue a la perfección la canción que ahora comienza. Mirada baja, ojos cerrados, él sigue acariciándome con su voz susurrante mientras yo me emborracho de luz roja. El piano se ha colado dentro de mí. Le miro a los ojos y en el reflejo nuestras voces suenan al unísono … A little bird lit down on Henry Lee.
lunes, 17 de enero de 2011
El príncipe y el guisante
Una ligera claridad baña su cuerpo dormido. Yo abro los ojos sin vocación. No quiero despertar. Pero esa visión me hace quedarme de este lado de la vida. Mirándole con atención, como si le viera por primera vez. Su cuerpo desnudo se recorta contra la evidencia del día. Hay una sonrisa en sus labios. Y en su pausada respiración no quedan restos de la batalla de ayer. Batalla de cuerpos enlazados. Duerme ajeno a mi mirada, que le dibuja, llena de deseo. Duerme y en su sueño le beso los ojos. El roce de las sábanas de hilo trae sus caricias y el recuerdo de la entrega. A la tenue luz, paso mis dedos a milímetros de su cuerpo, siento su calor pero no llego a rozar su piel. Duerme abrazado a sus almohadas como hace unas horas abrazaba mi cuerpo. Duerme, con placidez. Duerme ajeno. Ajeno al hecho de que cuando despierte, yo no estaré aquí. No estaré aquí porque no existo. Solo soy un sueño.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Tras la máscara

Sobre el muro de hormigón, el instructor nos da claves telegráficamente. Aún estamos del otro lado de la barrera protectora, la cuerda enrollada ordenadamente. Con decisión, nos hace pasar al otro lado, sudor en las palmas de las manos, las piernas tiemblan. Siento tu aliento en mi nuca, el calor de tu cuerpo alterado por la tensión. Tras un empujón certero, el suelo desaparece bajo mis pies. Tu presencia se aleja de mí, y te quedas sonriendo tras la máscara, con las tijeras en la mano.
martes, 21 de diciembre de 2010
De caminos y trampas

Vivo en constante añorar el mar.
Me dibujo ventanas en la piel para asomarme a su recuerdo.
Y es que Ítaca no era la meta, sino la trampa.
lunes, 20 de diciembre de 2010
A grandes males, grandes remedios ....
sábado, 27 de noviembre de 2010
Cuando la vida era diversión
Salía de casa multicolor, minifalda y zapatos a juego, camiseta y medias coordinadas, nada al azar. A mamá le encantaba. Me acompañaba siempre un gran bolso imitación a charol negro al que yo apodaba mi bolsa de basura. En él todo el arsenal. Desde el décimo, donde vivía, a la salida del portal el atuendo multicolor se iba tornando negro, desgarrado y lleno de apliques que fabricábamos nosotros mismos. Lo del customizado, por necesidad porque en la España de principios de los ochenta el negocio del merchandising para las tribus urbanas aún no había sido descubierto y, o tenías pasta y te ibas a Londres y Nueva York a pillar cosas guapas o te las fabricabas. El resto de la transformación se producía en el metro, mientras los chicos no paraban de pintar las paredes con “Punk not dead”, Yoli y yo terminábamos con la parafernalia del cardado de pelo y el maquillaje menos luminoso. No había mucha distancia desde casa hasta la estación de metro de Cartagena, donde salíamos atropellados, muchas veces seguidos por los de seguridad a la carrera al sorprendernos llenando las paredes con el nombre de Goma2 (el grupo punk de los chicos), los Exploited, los Sex Pixtols o simples consignas punkis y anarquistas.
Era la sesión de tarde, yo apenas había cumplido trece años y tenía que estar a las diez en casa, en mi casa eso no se negociaba. En la puerta, a veces, nos encontrábamos con la hermana mayor de Yoli, que siempre se enrollaba y nos mezclaba en su grupo para pasar más fácilmente, aunque nunca tuvimos problemas para entrar. Elena, la hermana de Yoli, era una punk de las pioneras en Madrid que ya había sufrido el ataque de los fachas en el parque del barrio y del que había salido muy mal parado su novio, al que habían roto la mandíbula y un par de costillas con un bate. Allí estábamos todos, entrando al Rock-ola, un sábado por la tarde.
Aquella tarde tocaba mi grupo favorito, si no descontrolaban mucho en el horario, cosa que era habitual en ellos, podría ver parte del concierto antes de salir corriendo a casa. Pero con los Derribos Arias todo era imprevisible, contaban que a veces pasaban de salir o salían cuando les venía en gana, pasando del horario que la sala había programado. Pero yo estaba allí, con mis mejores mallas rotas, las zapatillas de baloncesto negras, una correa de perro al cuello, cadenas de cierres de latas de refresco y las lóbulos de las orejas atravesados por tiras de imperdibles. Visto desde ahora, donde se adquiere la imagen si el bolsillo está lleno, todo era tan naïf....
Dentro, el ambiente se podía cortar, tabaco, y demás sustancias fumables, no era difícil ver a alguien de anfetas aunque el tema picos, tan habitual en el Argenta, no era evidente. Bebía cerveza. No me gustaba nada, pero aquello era ¡tercios para todos! y yo no rechistaba. Así, forzándome las primeras veces he llegado a conseguir que la cerveza sea una de las bebidas que más me guste. Si es que hay que perseverar. Birra y buena música. Camacho, el bajo de los Goma2 me cogía de la mano y hablándome al oído me contaba cómo los Decibelios había montado una buena en su concierto, cuando habían decapitado en directo a un montón de pollitos, cuando los Decadencia le dieron con una botella en la cabeza por no estar al loro y que su sueño era tocar allí. Yo miraba sus ojos verdes y él me sonreía, sonrojándose.
Aquel día no conseguí ver a los Derribos Arias. Lo haría meses más tarde en las fiestas de Madrid. Pero sí que conseguí estar en aquel famoso concierto de las Vulpes y en alguno más dentro del Rock-ola. Siempre llegaba a casa a las diez, para evitar un castigo, salvo cuando Yoli y yo pactábamos que una dormía en casa de la otra y entonces podíamos vivir una noche de libertad.
Era el tiempo en el que leíamos La Luna y el Víbora, descubríamos grupos nuevos en Radio 3, todo el mundo grababa su maqueta, tomábamos el sol en la tapia de la puerta de la Bobia, los domingos, en el rastro, le hacíamos cortes de manga a los rockers en la Gran Vía (aún José Antonio)... Era un tiempo donde la gente se divertía haciendo lo que hacía, no había antecedentes y se disfrutaba de las cosas por estrenar, era un tiempo en que se hacía todo por puro disfrute, sin tomarse nada demasiado en serio.
