lunes, 9 de enero de 2012

A ti, solo a ti





Escribir. No sé si puedo parar. Tengo que proponerme centrarme en otras cuestiones que requieren mi atención para no pasarme el tiempo dejando deslizarse mis pensamientos tras letras puestas en orden. Hay tal magnetismo en la superficie blanca del papel. Es tal la promesa. Es la fuerza de sentirte aún más cerca. Y no sé escapar, hipnotizada por la conmoción de tal proximidad. Y, entonces, quietecita, casi sin respirar, dejo que mis dedos se desplacen por el teclado, con una sensación extraña de que en vez de escribir, la presión hace nacer sonidos que vuelan hasta mis oídos, armónicos, que ponen en marcha el remolino de aire que siempre fui. Y me escucho, etérea, dentro de ti, recorriendo la espiral que te regala las emociones.


¿Sabes cuándo un ser sonríe con todo lo que es, incluso con lo que no es? Así te miro yo, en este preciso momento. Así, deshecha en escamas imperceptibles de albor. Y te cubro sin que lo sientas casi. Pero sabes que soy yo, que trasmutada te hace cosquillas en la sombra y sonríes, sonríes hasta no poder más. ¿Es que realmente se puede sonreír hasta no poder más? –me preguntas-. Y yo te respondo, en mi línea, que no hay límite para la sonrisa y que podemos darnos la vuelta una y otra vez, una y otra vez, a la piel, a las entrañas, para seguir sonriendo, envolviéndonos y desenvolviéndonos, en ciclos de completa felicidad.


¿Qué me queda por entregarte? ¿Qué queda en mí que de nuevo te haga pensar que hay rutas en mi interior que todavía no has recorrido? ¿Quizá me vuelva una vía previsible y conocida por la que se rueda a gran velocidad? Sé que un día fui senda de alta montaña que ascendía y ascendía hasta la cumbre inacabada. Y puede ser que lo mejor sea exactamente eso, que de un lapso a otro, la autovía sube, angosta y pedregosa, hasta la cima abisal.


Sé estar. Por eso me quedo. Y mientras, me doy, sin dejar nada en ese instante, pero sabiendo, que inmediatamente después yo ya seré otra que se estrenará en la entrega, como si nunca antes hubiera existido. Destello, solo halo. La luna me lame los pies. ¿Quieres venirte?

viernes, 2 de diciembre de 2011

En la sala de espera






Ella llegó a él por accidente. Recordaba perfectamente aquel primer encuentro en un clásico lugar para encontrarse, en una plaza abarrotada de espera, en una ciudad de náufragos. Él recordaba su manera de moverse, esa que se le metería hasta dentro, hasta el alma, la que querría olvidar pero que volvía a recordar en cada sueño. Su manera de acercarse a él, su peculiar modo de caminar. Cuando la dejó partir supo que jamás la olvidaría, que ella era el amor de su vida, que ella era lo que siempre había soñado. Que ella era su realidad. Porque desde que se fue, su vida dejó de serlo. Y soñó.







martes, 15 de noviembre de 2011

La cuna del mundo


Y al despertar, sus alas se habían transformado en semilla.
Y en mi vientre vimos nacer el mundo

viernes, 11 de noviembre de 2011

Volviendo


Que es gerundio

martes, 1 de marzo de 2011

Noches árticas




Fui la caja de resonancia de pesadillas y sueños luminosos. Y al despertar, sólo quedó el eco del miedo, la traza de una estrella extinta.


martes, 22 de febrero de 2011

Estaré mirándote



Había pasado otro año. Yo estrenaba mis primeros tacones y en la radio sonaba el Every breath you take de The Police. No nos veíamos desde el verano anterior, en el que aún habíamos jugado con la arena, en tu playa. Yo, que te superaba en edad escasos meses, me había convertido en una mujer. Tú, que aún tenías la apariencia de un niño, te subiste a la acera para compensar tu falta de estatura. Los tacones te situaban por debajo del nivel de mis ojos. Y desde tu atalaya, dejaste que el tiempo pasara hasta que no fui capaz de alcanzarte ni con tacones. Y tu hombro fue el lugar perfecto donde apoyar mi cabeza.



Y el tiempo pasó, deshaciendo la acera entre nosotros. Y ahora miro tu hombro vacío y pienso: ¿Para qué lo tornaría el tiempo con esa perfección? ¿Para qué, si no hay cabeza que le repose?

lunes, 14 de febrero de 2011

Postal de Calella



Caía la tarde. La bajada desde la carretera general estaba vacía. Nada parecido a los meses de verano, cuando no había manera de aparcar. Dejaron el coche en la cuesta que baja a la plaza, a la derecha, en batería, sin compañía. Él le sonrío mientras quitaba la llave de contacto y le rozó levemente la mano que caía sin vida al lado del cambio de marchas. ¿Conoces el faro de San Sebastián?, le preguntó ella. Pero él no respondió, solo le sonrió y le besó en la palma, con dulzura. Bajaron, atravesando la pequeña plaza con palmeras enanas en maceteros de acero fundido. Dejaron a su derecha los arcos donde los coros de habaneras compiten las noches de Junio. Ella se adelantó y caminó por la arena, hasta la roca que, como una atalaya natural, ocupa una parte destacada de la cala. Él miraba la cadencia de sus pasos. El sol estaba a punto de rozar el horizonte y la luz dorada acomodaba las formas a la irrealidad. Se sentó sobre la arena. Él la siguió y al colocarse a su lado la abrazó por detrás, la encajó con ternura en el hueco de sus brazos y abandonó su espalda sobre el reposo tangente de la roca. Solo se escuchaba el mar rompiendo en la orilla, suave, susurrante, discreto, como pidiendo perdón por romper el silencio.



viernes, 11 de febrero de 2011

The lovecats



Sí, ya cae la noche. Me anduve lamiendo durante buena parte del día para estar preparado. Sí, ya cae la noche. Y yo estoy preparado, sí. La negra piel brilla en la oscuridad y los ojos iluminan la escena. Mírame. Sí, mírame y sueña. No queda tejado sin recorrer. No hay ciudad sin descubrir bajo mis cuatro patas. Mírame y sueña. Te regalo la noche. Te la regalo envuelta en espejismo de neón. Te regalo el ensueño de la mansa quietud. Te regalo. Te regalo lo que no es mío. Sí, y doy media vuelta. Media vuelta y me vuelvo a mi rincón oculto. Doy media vuelta después de regalarte lo que no es mío. Volteo y me retiro a ese lugar sin sueños.


martes, 8 de febrero de 2011

No hay razón para tener miedo



¡Qué nuestros corazones sólo se derrumben ante la belleza!


lunes, 7 de febrero de 2011

Tombuctú


Sobrevolando el Sahel, cualquier concepto previo de inmensidad desaparece para quedar diminuto. La pequeña avioneta de cuatro ocupantes oscila al son de unas térmicas atroces que lo son ya al despuntar el día, hace tiempo que despegamos envueltos en la noche. Dirección norte-noreste, persiguiendo el amanecer con escora a estribor. Miro al sol, que empieza a desparramarse por tanta inmensidad. En la línea del horizonte, se intuye una ruina. Un fantasma del paso del tiempo, envuelto en arena y bruma de mito.

Aproximación y aterrizaje. Sobre el suelo, los tuaregs sedentarios se buscan la vida con mil y un recursos; la vida en este ombligo del mundo es muy dura, ahora que la actividad entre el Sahel y el Sahara ha disminuido. Y lo somos los visitantes que venimos a conocer el lugar de paso obligado de las caravanas que la literatura consumida idealizaba, aunque en la realidad su mercadería estuviera llena de miseria humana.

Toda fotografía vista previamente nos acerca un cromatismo idealizado: azul humano sobre fondo tierra. Pero sobre el terreno todo es diferente, el violento brillo de la luz, la arena que se mastica y la miseria sin esperanza que lo cubren todo. La realidad. Y desde esa realidad alejada de cualquier mito, miras a los que dejaron el deambular por el desierto para establecerse en esta surgencia estratégica. En una vida en el extremo, al filo de lo posible. Y acude una fuerte sensación de final. Y de estar dentro de un recuerdo que en cualquier momento va a desvanecerse, tragado por la inmensidad, por la arena que inexorablemente lo cubre todo, envolviéndolo como el molde a una realidad que ya no existe, como una mortaja fúnebre.