El grillo se había convertido en un monstruo inmenso que me perseguía por aquel pasillo de infancia, largo, oscuro y estrecho. Un grillo surgido de la metamorfosis del sueño, negro en la oscuridad, negro sobre negro. Su sonido no correspondía a su gran tamaño, sino al de un grillo al uso, escala natural. El ruido era profundamente desagradable, algo que evocaba en mí un asco ancestral, atávico; sin embargo, familiar. No era capaz de huir, no del monstruo sino del sonido que producía, ni tapándome los oídos con toda la presión que la fuerza me permitía. Al final del pasillo, me tiré al suelo y me acurruqué sobre mi misma, dejando que aquel sonido-monstruo me alcanzara.
Cuando todo era negro, una mínima consciencia me permitió distinguir aquel sonido: el despertador llevaba cinco minutos sonando cuando, por fin, fui capaz de salir de la postura fetal en la que me encontraba, alargar el brazo y silenciarlo definitivamente. Encendí la lamparilla y me hizo ver la evidencia de la hora: las seis y seis minutos de la madrugada. Había quedado con él a las seis en punto; dada nuestra diferencia horaria para él serían las doce de la noche.
Llevábamos unos días hablando virtualmente, después de cruzarnos en un chat de manera casual. Él estaba fuera del país por motivos de trabajo y sentía la soledad del expatriado. Yo era una recién separada varada en mis días como un delfín desorientado. A los dos nos daba un poco de vergüenza esto de establecer contactos cibernéticos, pero nuestras conversaciones eran muy amenas y se nos pasaba el tiempo muy rápido cuando estábamos juntos.
Apagué la luz, me dolía demasiado su violencia y la oscuridad me parecía confortable; me enfundé un polar y fui al despacho, levanté la tapa del ordenador y evité mirar directamente a la pantalla mientras introducía la contraseña de arranque. Supuse que él estaría ya esperando y sentí algo de impaciencia. Pinché en la pestaña en la que ponía su nombre y la dejé delante de todas las demás, como un capitán frente a su regimiento. Esperé, quería dar un margen lógico a la espera, el logotipo gris me indicaba su ausencia. No esperaba nadie al otro lado del espejo.
Dudaba entre levantarme a haceme un café, tomarme una infusión caliente, acurrucarme sobre la mesa o desayunar. Miré el correo, no se había movido ni un ápice desde mi última consulta, horas antes. Miré facebook, nadie había añadido nada después de que yo colgará la escena de la boda de Underground. Nada. Quietud. Me puse a escribir, pero se me cerraban los ojos. Así que decidí relajar los párpados y esperar; los cabezazos me despertaban y un par de espasmos hicieron que fuera consciente del tiempo. El frío empezaba a hacerse evidente en mis pies, en mis piernas. Seis y media y sin movimiento.
Entonces lo sentí con nitidez, se me coló por el lagrimal, de manera sutil e imperceptible, pasó por mi nariz, me produjo un cosquilleo; luego, acarició mis labios, congelándolos y corrió, rauda y veloz pecho abajo. La desesperanza se me prendió de la vigésimo tercera cavidad cardial y se montó un apartamento con derecho a cocina, cubriéndome la piel de una finísima capa de hielo. Las siete y media y todo gris.
Volví a la cama. Las sábanas eran una estepa inmensa en la que yo, diminuta, no encontraba abrigo alguno. Me acurruqué sobre mi misma, cerré los ojos, me costó, tenía cristales en los párpados y cedí todo mi ser al paso del dolor, sin oponer resistencia alguna, como tantas veces había hecho antes, como tantas noches.
Y desde esa profunda soledad, el reloj indiscreto daba las diez de la mañana cuando conseguí volver a perderme en aquel pasillo infantil, luchando con mis pesadillas.