viernes, 2 de diciembre de 2011

En la sala de espera






Ella llegó a él por accidente. Recordaba perfectamente aquel primer encuentro en un clásico lugar para encontrarse, en una plaza abarrotada de espera, en una ciudad de náufragos. Él recordaba su manera de moverse, esa que se le metería hasta dentro, hasta el alma, la que querría olvidar pero que volvía a recordar en cada sueño. Su manera de acercarse a él, su peculiar modo de caminar. Cuando la dejó partir supo que jamás la olvidaría, que ella era el amor de su vida, que ella era lo que siempre había soñado. Que ella era su realidad. Porque desde que se fue, su vida dejó de serlo. Y soñó.







martes, 15 de noviembre de 2011

La cuna del mundo


Y al despertar, sus alas se habían transformado en semilla.
Y en mi vientre vimos nacer el mundo

viernes, 11 de noviembre de 2011

Volviendo


Que es gerundio

martes, 1 de marzo de 2011

Noches árticas




Fui la caja de resonancia de pesadillas y sueños luminosos. Y al despertar, sólo quedó el eco del miedo, la traza de una estrella extinta.


martes, 22 de febrero de 2011

Estaré mirándote



Había pasado otro año. Yo estrenaba mis primeros tacones y en la radio sonaba el Every breath you take de The Police. No nos veíamos desde el verano anterior, en el que aún habíamos jugado con la arena, en tu playa. Yo, que te superaba en edad escasos meses, me había convertido en una mujer. Tú, que aún tenías la apariencia de un niño, te subiste a la acera para compensar tu falta de estatura. Los tacones te situaban por debajo del nivel de mis ojos. Y desde tu atalaya, dejaste que el tiempo pasara hasta que no fui capaz de alcanzarte ni con tacones. Y tu hombro fue el lugar perfecto donde apoyar mi cabeza.



Y el tiempo pasó, deshaciendo la acera entre nosotros. Y ahora miro tu hombro vacío y pienso: ¿Para qué lo tornaría el tiempo con esa perfección? ¿Para qué, si no hay cabeza que le repose?

lunes, 14 de febrero de 2011

Postal de Calella



Caía la tarde. La bajada desde la carretera general estaba vacía. Nada parecido a los meses de verano, cuando no había manera de aparcar. Dejaron el coche en la cuesta que baja a la plaza, a la derecha, en batería, sin compañía. Él le sonrío mientras quitaba la llave de contacto y le rozó levemente la mano que caía sin vida al lado del cambio de marchas. ¿Conoces el faro de San Sebastián?, le preguntó ella. Pero él no respondió, solo le sonrió y le besó en la palma, con dulzura. Bajaron, atravesando la pequeña plaza con palmeras enanas en maceteros de acero fundido. Dejaron a su derecha los arcos donde los coros de habaneras compiten las noches de Junio. Ella se adelantó y caminó por la arena, hasta la roca que, como una atalaya natural, ocupa una parte destacada de la cala. Él miraba la cadencia de sus pasos. El sol estaba a punto de rozar el horizonte y la luz dorada acomodaba las formas a la irrealidad. Se sentó sobre la arena. Él la siguió y al colocarse a su lado la abrazó por detrás, la encajó con ternura en el hueco de sus brazos y abandonó su espalda sobre el reposo tangente de la roca. Solo se escuchaba el mar rompiendo en la orilla, suave, susurrante, discreto, como pidiendo perdón por romper el silencio.



viernes, 11 de febrero de 2011

The lovecats



Sí, ya cae la noche. Me anduve lamiendo durante buena parte del día para estar preparado. Sí, ya cae la noche. Y yo estoy preparado, sí. La negra piel brilla en la oscuridad y los ojos iluminan la escena. Mírame. Sí, mírame y sueña. No queda tejado sin recorrer. No hay ciudad sin descubrir bajo mis cuatro patas. Mírame y sueña. Te regalo la noche. Te la regalo envuelta en espejismo de neón. Te regalo el ensueño de la mansa quietud. Te regalo. Te regalo lo que no es mío. Sí, y doy media vuelta. Media vuelta y me vuelvo a mi rincón oculto. Doy media vuelta después de regalarte lo que no es mío. Volteo y me retiro a ese lugar sin sueños.


martes, 8 de febrero de 2011

No hay razón para tener miedo



¡Qué nuestros corazones sólo se derrumben ante la belleza!


lunes, 7 de febrero de 2011

Tombuctú


Sobrevolando el Sahel, cualquier concepto previo de inmensidad desaparece para quedar diminuto. La pequeña avioneta de cuatro ocupantes oscila al son de unas térmicas atroces que lo son ya al despuntar el día, hace tiempo que despegamos envueltos en la noche. Dirección norte-noreste, persiguiendo el amanecer con escora a estribor. Miro al sol, que empieza a desparramarse por tanta inmensidad. En la línea del horizonte, se intuye una ruina. Un fantasma del paso del tiempo, envuelto en arena y bruma de mito.

Aproximación y aterrizaje. Sobre el suelo, los tuaregs sedentarios se buscan la vida con mil y un recursos; la vida en este ombligo del mundo es muy dura, ahora que la actividad entre el Sahel y el Sahara ha disminuido. Y lo somos los visitantes que venimos a conocer el lugar de paso obligado de las caravanas que la literatura consumida idealizaba, aunque en la realidad su mercadería estuviera llena de miseria humana.

Toda fotografía vista previamente nos acerca un cromatismo idealizado: azul humano sobre fondo tierra. Pero sobre el terreno todo es diferente, el violento brillo de la luz, la arena que se mastica y la miseria sin esperanza que lo cubren todo. La realidad. Y desde esa realidad alejada de cualquier mito, miras a los que dejaron el deambular por el desierto para establecerse en esta surgencia estratégica. En una vida en el extremo, al filo de lo posible. Y acude una fuerte sensación de final. Y de estar dentro de un recuerdo que en cualquier momento va a desvanecerse, tragado por la inmensidad, por la arena que inexorablemente lo cubre todo, envolviéndolo como el molde a una realidad que ya no existe, como una mortaja fúnebre.


jueves, 27 de enero de 2011

El tiempo que vivimos sobre el Stop




Habían pasado el día bebiendo cervezas. Al atardecer ella conducía mientras ellos dos iban tumbados en el techo del coche, boca abajo y agarrados a las barras portaequipajes. Iban por los caminos que atravesaban el parque y espartos, aulagas y tomillos se teñían de rojo con la luz que iba desapareciendo bajo el horizonte, hacia el oeste. M. reía a su lado mientras sacaba la mitad de su cuerpo por la ventanilla, con su larga melena al viento.

Ella decidió tomar un camino que llevaba hacia el suroeste, hacia las salinas. Iba despacio. Su pavor a conducir quedaba atenuado por el nivel de ingestión de alcohol. Se sentía a salvo por aquellos parajes solitarios que en el mes de diciembre ni los incondicionales de la zona frecuentan. Al volante, riendo, con el rostro bañado de un sol tenue, había un no se qué de plenitud en el viento, en las risotadas de ellos desde el techo y en la conversación animada de M., que se había vuelto a sentar dentro y le pasaba la última lata de cerveza que acababa de abrir.

Jugaba a mover el volante para desequilibrar la posición de ellos ahí arriba. Y con cada giro, el montón de cadáveres de cervezas vacías tintineaban en la parte de atrás. El sol se había ocultado por completo y jirones de rojo se le metían en los ojos. Por el espejo retrovisor, de vez en cuando, según el arco de giro, veía, como una aparición, una pierna de J. descolgándose por completo del techo, acompañada de un aumento en sus carcajadas. El interior del coche exhalaba, a un alto nivel de decibelios, la Fata Morgana de Dissidenten. No había límite para ellos, podían haber atravesado el mar y el continente que les esperaba al otro lado y haberse acercado a la Antártida para cenar. Así siguieron hasta que la oscuridad fue absoluta. Una gasa negra lo cubría todo tras las estrellas y A. se cansó de no poder tomarse más birras, ahí arriba.

Había sido divertido. Ella conducía bien. Todos insistían en que siguiera conduciendo, aunque salieran a la carretera primero y luego a la autovía. No las tenía todas consigo, eso era otra cosa. Ahí se encontraría con más coches que era a lo que realmente tenía miedo. Pero de nuevo el efecto de lo que llevaba bebido a lo largo del día le dio esa falsa sensación de seguridad y valentía. Pararon en Carboneras para comprar más cervezas.Llenaron el maletero de todo lo que necesitarían esa noche en su fiesta particular en la playa y siguieron camino a su destino final.

La carretera estaba mal iluminada y ella iba tensa, entre chumberas e invernaderos. El viento había arreciado y lo notaba en el volante y en el rugir del mar de plástico. J. iba sentado ahora a su lado y le abría una nueva cerveza, pasándosela junto con un beso. Se bebió la mitad de un trago. Lo que vivía lo ocupaba todo, no podía pasar más. No había más cielo que el que se dibujaba tras el cristal, ni más afectos que los que llenaban su corazón por los seres que le acompañaban en el coche, ni otro lugar, ni más luz que la de los faros que iluminaban su camino por aquella carretera. Felicidad, debe ser esto, pensó.

La animación no había descendido un ápice cuando se incorporaron a la autovía. De repente, sintió como toda la conciencia y la cordura se agolpaban en sus ojos y en sus manos, que estaban atentas a cualquier señal de riesgo. Una caravana de camiones ocupaba el carril derecho y sentía la succión de cada coloso. Aquellos escasos kilómetros se le hicieron interminables. Por fin su desvío, allí estaba, como un faro azul en mitad de velo negro rasgado. El alivio le recorrió desde la punta de sus botas polvorientas hasta el pelo enmarañado. Mil quinientos, mil, quinientos. Al llegar a la salida, el obstáculo de una pequeña furgoneta demasiado lenta le hizo vacilar. Iba demasiado deprisa. J. intentó sujetar el volante, pero ya estaban dando LA primera vuelta de campana.

El Samur llegó junto con la Guardia Civil. Las sirenas de todos los colores habían convertido el lugar en una rave siniestra. Un guardia civil discutía con otro sobre si las vueltas habían sido tres o cuatro. El pobre ZX estaba patas arriba, como un escarabajo torpe que intenta volver a una posición menos vulnerable. Los del Samur se había organizado para auxiliar a todas las víctimas. Sobre el Stop pintado en el suelo, los restos de lo que había sido ella susurraban con su último aliento de voz: se me metió un jirón rojo de sol en el ojo. Desde el equipo del coche siniestrado sonaban los primeros compases del Mecenina, de Goran Bregovic ... “¡No hay fiesta sin música rusa!” habían gritado ellos al atardecer.